¿Por qué Tú, Constituyente no es un partido político?
En respuesta a José Woldenberg

 

 

 

 

 

Mara Hernández

 

 

 

 

 

 

 

Hace algunas semanas, José Woldenberg escribió en el Reforma un artículo completo sobre el colectivo independiente, Tú, Constituyente, que buscó postular a cinco candidatos independientes para la elección de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México. El hecho de que una de las vacas sagradas de nuestra democracia se refiriera a este esfuerzo –del cual formo parte– como una “buena noticia” me llenó de entusiasmo.

 

No me gustó que asemejara al colectivo a un partido político, pero es verdad que nuestra iniciativa tenía mucho en común con lo que teóricamente son éstos: ciudadanos organizados con objeto de representar a la ciudadanía en un contexto de pluralidad política. Es más, en lo personal, no discrepo con ninguna de las ideas plasmadas en la columna en mención. Sin embargo, me siento obligada a replicar, sobre todo después del desenlace de nuestro proyecto en su etapa de búsqueda de firmas. Y es que sí hay un par de ideas –a mí juicio, esenciales — que están ausentes en el análisis de Woldenberg. Escribo pues, en respuesta a lo no dicho por el autor sobre lo que nos distingue de los partidos políticos existentes.

 

Primero. Desde las concepciones minimalistas de la democracia que comparten muchos de los arquitectos de nuestra transición, todos los esfuerzos políticos están igualmente motivados por el interés de acceder al poder. Es desde este enfoque que muchos estudiosos de la democracia, incluido el propio José Woldenberg, afirman que México ya completó su transición y poco importan –para efectos de calificar como democracia– el tipo de prácticas políticas o las trayectorias de los ciudadanos que aspiran a la representación. Se asume que las malas prácticas y los malos candidatos serán eliminados como resultado de los premios y castigos que los ciudadanos imponen con su voto. Yo no comparto las premisas de este enfoque. A mí me parece que nuestra democracia está incompleta sencillamente porque persisten, en forma generalizada y sistemática, la mayoría de las prácticas que caracterizaban al viejo régimen autoritario, como son el clientelismo, la tortura, la corrupción, la impunidad y el abuso de poder. Con eso no pretendo argumentar que todos los líderes y militantes de partidos políticos sean malos o corruptos. Pero sí desconfió profundamente de la lógica bajo la cual operan todos los partidos existentes en México. Esta desconfianza profunda es lo que nos unió a los integrantes de Tú, Constituyente, en un esfuerzo donde la principal motivación ha sido mostrar que puede haber maneras distintas de hacer política. Fue esta motivación la que nos llevó, entre otras cosas, a rechazar las múltiples ofertas que recibimos desde el mercado negro de firmas (sí ¡descubrimos que existe tal cosa!), así como a no optar por constituirnos como nuevo partido político.

 

Woldenberg no mencionó que, a diferencia de los partidos políticos, los candidatos e integrantes del colectivo no aspiramos en ningún momento a un cargo pagado, ni a obtener recursos públicos para sobrevivir como organización. Nuestra lógica fue en todo momento, la del voluntariado en torno a una causa común.

 

Segundo. Las teorías minimalistas de la democracia también se construyen sobre el supuesto de que los individuos tienen acceso a información perfecta sobre los candidatos y que emiten su voto por el que mejor representa sus intereses. Sobre todo cuando existe un sistema de partidos que agrega los intereses ciudadanos y difunde la información sobre las ofertas electorales. Supongo que fue en esta lógica que Woldenberg nos invitó a constituirnos formalmente como partido político. El problema con este tipo de enfoques es que no reconocen la importancia de la confianza ciudadana en los partidos políticos para que un régimen funcione democráticamente. Tampoco centran su atención en las redes sociales que conforman las bases de los candidatos y sus partidos. Esto es problemático. Por un lado porque los partidos políticos están entre las instituciones más desprestigiadas del país. Nadie confía en ellos. ¿Por qué querríamos constituirnos en una figura tan poco confiable para los ciudadanos? Por otro lado, si reconocemos que no confiamos en los partidos políticos y que eso es un grave problema público de nuestro sistema, la pregunta obligada es: ¿En quién sí podemos confiar o sobre qué base podemos avanzar hacia la construcción de confianza? La respuesta implica voltear a mirar las redes de confianza que ya existen en la sociedad; a construir sobre el “capital social”, como lo llaman los expertos. Eso fue lo que buscamos hacer al sumar redes de confianza pre-existentes, integradas por personas que habíamos colaborado durante años impulsando causas con profesionalismo y en diversas coaliciones ciudadanas, muchas de las cuales resultaron ser efectivas para incidir en la agenda pública. Fue en ese mismo orden de ideas que rechazamos alianzas con personalidades, organizaciones y redes de las cuales no pudimos obtener referencias que nos indicaran su confiabilidad. Eso redujo el alcance electoral de nuestra coalición, pero nos permitió actuar con la certeza de que compartíamos valores y aspiraciones colectivas.

 

Tercero. El resultado de nuestro apego a principios claros, sumado a los excesivos requisitos impuestos para la obtención de registro a candidatos independientes, trajo consigo el resultado que ya conocemos: no obtuvimos las firmas necesarias para aparecer en la boleta. Pero también vale la pena señalar otros resultados, que desde nuestro punto de vista pueden ser mucho más importantes, como lo es el fortalecimientos de las redes de confianza que nos unían; el ánimo de seguir trabajando para mostrar que la política sí puede ser –y debe ser– una actividad que abone a la confianza ciudadana en las instituciones democráticas, o el posicionamiento mediático y la autonomía para seguir alzándonos como una voz crítica en todo el proceso electoral y de discusión de la Constitución de la Ciudad de México. A diferencia de los actuales partidos políticos y sus candidatos, no le debemos nada a nadie.

 

Las redes de confianza ciudadana en México son débiles. Por eso mismo lo es también nuestra democracia. Y quizá también por esa causa no logramos darle viabilidad electoral a nuestro proyecto en esta particular coyuntura. Pero estamos haciendo camino al andar, y así lo demuestra el alcance en redes sociales y la cobertura mediática que logró la iniciativa, aunque no haya sido suficiente para movilizar a los potenciales votantes a firmar. Sólo si nos organizamos en redes de confianza horizontales podemos construir un camino alternativo para que ciudadanos íntegros y comprometidos con el interés público puedan acceder a la representación política.

 

La democracia es más una forma de andar que una suma aritmética de votos. Construyámosla juntos.

 

Publicado orignialmente en:

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